20/5/18

¡Sí se puede!


Este tipo de exclamaciones, que siempre ha eructado, sincopada, la turba, adopta su más refinada e hipócrita expresión en el uso indiscriminado de la primera persona del plural. De una mentalidad resistente, que encarnaba la roqueña épica que no daba un paso atrás ni para tomar impulso, se ha dado el salto a una untuosa lírica de la afirmación. De la contención frente al innominado enemigo al derrame incontenible de una personalidad colectiva sin rasgos, disgregada, simplemente amalgamada. Victimaria, no persigue otro objetivo que compensar imaginados agravios. Voluptuosa, paladea el insignificante poder de sus sílabas mientras son gritadas. Bajo los efectos hipnóticos de recicladas sustancias seudorrevolucionarias, parece que todavía vibre en ellas, casi aullando, la pulsión histérica de los antiguos oráculos poéticos. Sin fe, sin dioses, asqueada de su perturbadora fuerza, que descubre con sorpresa e indignación los límites que sus infectas orgías hipotecarias y familiares les deben oponer para ser prolongadas, sus huestes se resisten al pago de su fáustico chantaje transformándose en ratas, en serpientes, en escorpiones. Como si fueran los miembros esparcidos de Proteo, siguen berreando sus consignas y sus eslóganes, mientras asisten desencajados, intolerantes, al eco de un canto que no se apaga: Soy quien soy.

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