15/7/18

Poner el contador a cero.


El adanismo tecnológico de nuestros comportamientos sociales y culturales, que reproducen hasta la parodia los gestos más nimios de la naturaleza caída que ya habían sido consignados en cada versículo de la creación del Génesis, siente una adicción morbosa por pulsar cualquier botón de un dispositivo o una aplicación, cuanto más lisos y relucientes, cuanto más parpadeantes, mejor. Ante la pantalla en blanco, bloqueado, siente uno la tentación de reiniciarse. Ante miles de copias de seguridad, protegidas por franqueadas capas antivíricas, uno teme con enfurecida voluptuosidad que el reinicio despliegue una inmensa planicie de signos incomprensibles. Histéricos, debemos pensar con los dedos, terminales nerviosas de un sistema que ha usurpado la función -y pronto el lugar- de nuestro cerebro. Nos llena de orgullo adorar una sabiduría digital que se limita a acumular en almacenes desérticos megagigas de datos que alimentan, sacian y fecundan el vítreo diseño de millones de métodos diferentes de organizarlos. Si pierdes la memoria, qué pureza. Ahogados, sumergidos, en abismos de cifras imparables, que contienen los secretos vacíos de nuestra dignidad manchada, poner el contador a cero es el único sucedáneo que, implacable, concede la suicida absolución de todos y cada uno de nuestros olvidos.

7/7/18

Minuto cero.


Esta expresión insípida y monstruosa, engendrada de alquiler en alguna mazmorra de la inteligencia filistea, atenta por derecho contra las normas más elementales de la lógica. En su afán de remedar a cada instante la originalidad más promiscua debe contraer hasta el infinito, como un chicle elástico, el tiempo que se disuelve entre sus manos. Primero fue el año cero, más adelante el día, antepenúltimo es el minuto, antes que ningún instante pueda tomar el relevo de un nanosegundo. Subyace en su neutralidad un temor, de tan bélico, apocalíptico y virtual. Obsesionada por la profundidad geológica de la era cristiana, el neopoder no se conforma con travestirla; necesita su glaciación. Si el nacimiento de Cristo inaugura el tiempo escatológico de la humanidad redimida, marcada para siempre por la afirmación de la unidad, nuestra época replica, pagana y supersticiosa, cualquier cosmogonía cuya poética puede quedar reducida a las cenizas minimalistas de agujeros negros e hiperbólicas onomatopeyas paranomásicas como el big bang. El colmo angustioso de su felicidad consiste en que nada pueda ser todavía. Ni siquiera en potencia. Como un hongo atómico, aniquilará por eones hasta el recuerdo del concepto de Tradición. Emergerá intacta, inatacable, su mentira. Como un orgasmo retenido.

29/6/18

Minuto de silencio.


Envuelta en su pestilente nube de buen tono tramposo, nuestra sociedad filistea escamotea su estupefacción ante la muerte con la máscara sacrílega del silencio, como si cada desgracia fuese, por hábito inesperado, un cargante fastidio que debería poder registrarse -y calcularse- en las asépticas celdas de una hoja Excel. Como en un truco de prestidigitador metonímico, intercambia la carta de la indiferencia con la del respeto. Con pomposas caras de condolencia, tasa el duelo de los deudores en los sesenta segundos que identifican su concepto de eternidad. Inclina la cabecita y arruga la nariz a fin de contener el bostezo somnoliento y aburrido. Tiesa, cerúlea, dándose palmadas en el cogote para que alguna lágrima arrase su mala conciencia, exhibe impúdicamente su disposición a olvidar instantáneamente el rostro borrado de la víctima. Y a otra cosa, mariposa. Enardecida, sin embargo, la masa sospecha el engaño. Con toda lógica no se resigna a dejar de rugir. Escupe su amnesia. Primero estalla, histérica, en aplausos y vítores, como la expresión de su impotencia escatológica. Después, tribal, inmemorial, sabotea y profana con sus gritos el mínimo resquicio por donde, inaudible, cualquier palabra pudiera unir la tierra de los muertos con Quien vive celestial.

21/6/18

Bajo el imperio de la ley.


En el entramado de cenicientos intereses que tejen nuestra sociedad necrofóbica y calavera, este sintagma contiene una monstruosa e irónica contradicción en cada uno de sus términos. Mientras considera antidemocrática e intolerable cualquier norma que cohíba, indiscriminado, hasta el más vil de sus instintos, despliega con afán bulímico exhaustos catálogos que reglamentan en detalle sus prácticas aceptables, sin que dejen de eximir del cumplimiento de aquellas costumbres no escritas que, por civilizadas, estaban grabadas en el corazón humano. Los universales deben trocearse antes de ser empaquetados en forma de productos financieros con los que se pueda especular piramidalmente. La ley divina, desolada, resistía la desesperada brutalidad de nuestra condición caída ordenando no matar, no robar y no mentir. Preservaba así los precarios límites de la belleza, el bien y la verdad. En cambio, la ley filistea concede la absoluta y degradada singularidad de deshonrar a padre y madre. Alquila los vientres y codicia cualquier adulterio que corrompa la intimidad. A la mentira llama fraternidad. Al expolio, justicia. Al asesinato, libertad. En esta cacofónica torre babélica, que aspira a tapiar por completo los cielos, rige, aséptico e igualitario, el Cortejo clonado de una desenfrenada Danza de la Muerte. Et pulvis reverteris.

13/6/18

La ley es igual para tod@s.


Esta campanuda máxima liberal, que pretendía disimular los privilegios económicos y sociales burgueses reservados a las costumbres depravadas de la aristocracia, se ha democratizado a una velocidad de urgencia. Bajo sus operaciones más cínicas y descaradas el tumefacto y glorioso principio de no no contradicción puede regir ya desacomplejado nuestras existencias posthomínidas. Que la ley sea igual para todes instaura la regulación minuciosa de cada desigualdad, caso por caso, cuanto más estrambótica y lacrimógena mejor. Más que invertir en valores, en cuya bolsa se negocian sin descanso sórdidas plusvalías emocionales, esta neomáxima contradice hasta desfigurar cualquier atisbo de sentido común que pudiera resistirlas. Subalterna, no admite ninguna contrariedad lógica. Sus proposiciones deben llegar a ser falsas simultáneamente, jamás verdaderas. El cumplimiento de la ley es la expresión más intolerable de la injusticia. La práctica de la justicia perpetra el más horrendo delito. Cuanto más inicua sea la ley, su (in)justicia brillará más enfangada. El aforismo latino proclamaba que a mayor derecho mayor daño. Con coherencia epicena, se predica que cuanto mayor resulte la afrenta mayor será su justicia. Sin dioses, ni patrias ni reyes, el único tribunal soberano dicta, enfebrecido, sentencia en el Circo de las redes. Delicturi se salutant.

5/6/18

Está en juego nuestro Estado de Derecho.



Fieles y escasos lectores anticipan a veces, lacónicos y desolados, los rasgos clínicos del putrefacto y avanzado estado de descomposición moral cuya autopsia se han propuesto practicar, con gelidez quirúrgica, los limitados análisis de estos incontables lugares comunes. Un lector irónico señalaba, por ejemplo, que contra el populismo debía disertarse con gravedad mediante la desdichada frase de marras que nos ocupa. Discreto, persistía en atribuir el clásico concepto de gravitas, que debía adornar la personalidad del político humanista, al pomposo engolamiento del croupier que ha tomado su relevo gaseoso. Tenebrosa, la teoría política ya había advertido la incompatibilidad entre el Estado y el Derecho. El complemento preposicional era una fórmula de transacción, aliviada, que contenía un indisimulado oxímoron o su emboscado retruécano. El Estado, de hecho, ha sometido siempre el derecho a su insaciable y vertiginosa, caótica e implacable, expansión. Cuanto tocaba, lo ha infectado de minúsculas. Muerto cualquier dios, ante el desecho de toda majestad, le queda tan solo pujar y subastar el estado de derechos, innumerables y cancerosos, que aseguren, incontrolable, el derecho de sus estados. Adicto a su abismal funcionamiento, ha apostado todo o nada a sus cartas marcadas. Salta la banca. Rien ne va plus.

28/5/18

Se precisa ejemplaridad.



Es esta aparente virtud, tan cacareada, uno de los síntomas más finos del fariseísmo filisteo. Bajo su invocación cívica, de aires laicos, se manifiesta, con jactanciosa humildad, como le corresponde, un hondo y cínico puritanismo. Cualquier objeción, cualquier crítica a su concepto son desechadas con un gesto de displicente fastidio, atribuyéndolas a las aviesas intenciones de la mezquindad reaccionaria o a las insensatas provocaciones del infantilismo revolucionario. A la ejemplaridad la gente ordenada le debe tributar una rendida y devota admiración. Encarna, ecuánime, la dorada mediocridad. Sin excesos, sin estridencias, inatacable, sólo infatuada. Consiste en asumir con perfecta naturalidad, con acabada (in)modestia, que no cabe sino obrar o decir según esté o no bien visto. Quien se comporta ejemplarmente desdeña la santidad, porque es inalcanzable y, por tanto, intolerable. O tal vez contribuye simplemente a moderar su desmesura. A ponerla en perspectiva, como un suplemento vitamínico al que tampoco hay por qué renunciar. A las personas ejemplares se las reconoce porque sonríen o porque se secan una lágrima furtiva. Como la madrastra de Blancanieves ante su espejito mágico, mantienen la dignidad en medio de los escándalos con que suelen ajustarse las cuentas. Mea culpa: publicano, yo sólo río y lloro.