24/8/18

Ingeniería social, genética...


Aunque nuestra turbia época invoca con machacón servilismo términos vacíos de cualquier sustantividad como el de excelencia, la innovación que proclama con abducido entusiasmo no guarda otro objetivo que capar cualquier atisbo de originalidad creadora. La Creación ha sido ya encarcelada preventivamente en los calabozos de la creatividad. Literalmente nada que no pueda ser descuartizado y replicado en un laboratorio merece ser permitido. Toda definición debe ser proscrita por su arrogante tufo a dignidad resistente. Vagarosas, las identidades se construyen por adición, por sustracción, por alteración o por inversión. Meros ejercicios retóricos, no persiguen ninguna utilidad. Se limitan a probar, con jubilosa furia, su eficacia autodestructiva de toda norma moral. Exigen confundir la costumbre con la convención para entronizar entre aclamaciones aterrorizadas la arbitrariedad como su ilocalizable divinidad. Será ley la jungla. No una jungla virgen y feraz, sino otra, exclusiva y total, diseñada con férreos dispositivos de ilimitada actualización. En vista de su inalcanzable simplicidad divina, la vida humana se empieza a ahormar en la genómica fundición de un mecano articulado según procesos de producción, rendimiento y ahorro cuya regulación eficiente se ha depositado, a latigazos especulativos, en manos de una ética aterida. Todo deberá sujetarse a ciega previsión.

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