1/3/18

Políticamente correcto.


Esta repugnante etiqueta que ha babeado por las fauces de cualquier ogro biempensante es un típico subproducto del puritanismo protestante más descreído e implacable y, por ello, más exportable y nominalmente universalizable. En su ruta al triunfo absoluto ha dejado atrás incluso aquellos gallos aflautados que soltaban sus adoradores cuando, con un guiño de aparente malicia adolescente, aseguraban que, en cualquier asunto intrascendente, se permitirían opiniones políticamente incorrectas. Este excusable subterfugio retórico, en forma de lítotes, ha sido también prohibido. En el despliegue absoluto de la Memez más ruin y totalitaria no existe espacio para esas bromas que nadie debe entender. En primer lugar, se deben erradicar los comportamientos y las actitudes que pudieran catalogarse como discriminación. Como una marabunta, la casuística resulta infinita. En cumplimiento de esta fase de deforestación moral, ha sido preciso sustituir “sexo” por “género” y eliminar “opinión” en beneficio de “orientación sexual”. Corresponde a continuación proceder a extirpar cualquier término discrepante. Amorfa por poliforme, sólo pueden funcionar tautologías abstractamente autocontradictorias. Por ejemplo, la diversidad ha de ser inclusiva. Se logra entonces recluir la espontaneidad en una absoluta inmediatez disciplinaria. Toda la ley se encierra en estos tres mandamientos: no hacer, no decir, no pensar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario