31/7/18

Las encuestas nos sonríen.


En la cima expresiva de la fe cristiana, que se mueve, barroca, entre los claroscuros tenebristas, santo Tomás adelantó, incierta, la mano hacia el costado que le señalaba una mano traspasada. Tecnológica y disciplicente, pagada de sí misma, nuestra sociedad da por amortizado, injustificable, el testimonio de la amistad y de la confianza. Suspendida sobre la insegura demostración de la inercia democrática, no cuenta ni siquiera votos sino sumandos abstractos, clasificados tétricamente por nichos en el campolaico de sus inversiones especulativas. Los asesores de comunicación deben entregarse, poseídos, a las cifras de la estadística como los arúspices se lanzaban sobre las vísceras de un ave. Hurgan en ellas según el tamaño de la muestra encargada, el color de los gráficos que diseñan o la forma de los mensajes recalentados en sus gabinetes. Aguzan el ingenio especialmente sobre el latido bilioso de la marabunta que ruge tartamuda, expectorante, las consignas que amartillan mejor sus estados de furioso (des)ánimo. Siguiendo las líneas de dispersión que las plantillas y las fórmulas de sus programas informáticos trazan virtuales, auguran las ambiciones y deslealtades de sus despiadados amos, iletrados. Sonrientes y sudorosos, hechiceros decapitables, cotizan su esperanza en números volátiles. Noli esse credulus sed infidelis.

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