8/9/17

Acato, pero no comparto.


Como niños malcriados -y tiránicos- que se revuelven descarados contra un prudente castigo por una noche de farra que ha acabado en comisaría por embriaguez, ingestión, quién sabe si tráfico, de sustancias tóxicas y exceso de velocidad, nuestros políticos han adoptado, cínicos y viciados, esta muletilla cada vez que se condena con piedad alguna de sus piadosas irregularidades. En ella queda reflejado deslumbrante el matonismo de su idiosincrasia filistea. Entre el abucheo alborotador y gamberro de la banda adversaria, que, en el fondo, lo jalea, quien pronuncia esta frase da a entender, con tono perdonavidas, que podría desobedecer, ya que “hecha la ley, hecha la trampa”. Lo que hoy es, tal vez mañana no deba serlo, o al revés. Con carácter retroactivo, por descontado. Puesto que no hay más ley que la positiva, pues la naturaleza no tiene ningún derecho en nuestra sociedad, es lógico que hasta la aplicación mecánica de cualquier norma pueda ser discutida. Que funcione correctamente no significa, en sentido estricto, nada. Esta es la base del diálogo agotador de nuestra paródica democracia: no acepto más legitimidad que la que me dé, de momento, la gana. De la (i)legalidad ya nos pondremos de acuerdo en beneficio mutuo.

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