11/9/17

Las reglas del juego.


En uno de esos deliciosos arrumacos de complicidad autocontradictoria que tanto les complace intercambiar, los filisteos han citado cansinamente la réplica de Humpty Dumpty de que las palabras significan lo que ellos quieren que signifiquen. A través del espejo, en el país de sus maravillas, su condescendiente repulsa del afán de la verdad, que a su juicio siempre ha escondido la totalitaria inseguridad de la violencia, les devolvía hasta hace poco la imagen relativa de su insaciable vanidad. Ahora, sorprendidos y falsamente escandalizados, descubren que, por haber aceptado pulpo como animal de compañía, no es menos descabellado, y hasta mucho más razonable, promover la adopción de ratas y chacales como mascotas. Basta pasearse por las redes sociales para darse cuenta de que la vida resulta un juego cuyo movimiento no es el de la rueda de la Fortuna medieval, sino el del tambor de un revólver videodigital. Sus reglas son tan azarosas como implacables. Cambian a golpe democrático de likes y retuits. No pretenden regular nada, sino proporcionar el intenso placer de hacerlas funcionar como se incita a que funcionen a cada instante. La santidad, por principio, es un crimen. El crimen, según su valor, es santo. Game is over.

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